Los
alcances que tienen las nuevas tecnologías de la información
y la comunicación en la educación otorgan una mezcla
de posibilidades transformadoras con otras muy inquietantes; no
se trata de costos y beneficios que puedan medirse unos en referencias
de otros, sino de dimensiones inseparables del tipo de cambios
que estas tecnologías representan. Es importante describir
algunas de las formas típicas de encuadrar las elecciones
ligadas con las nuevas tecnologías para la educación,
explicar sus limitaciones y sugerir, sobre la base de ellas, una
nueva manera de pensar en ellas.
Una de las maneras de concebir las cuestiones tecnológicas
podría ser la de las nuevas tecnologías como sueño
utópico, o lo que Juana María Sancho define como
“tecnofilia”. Desde esta perspectiva, las nuevas tecnologías
traen consigo posibilidades intrínsecas capaces de revolucionar
la educación, y bastaría con liberar este potencial
para que se resolviesen muchos problemas que presentan las instituciones
escolares. Estos puntos de vista son, en general, promovidos con
entusiasmo por aquellos que tienen intereses comerciales en fomentar
la venta y uso de sus equipos y programas, aprovechando la amplitud
del mercado educativo.
Pero, esta perspectiva no sólo es un artificio proclamado
por el mercado: es también una muestra con la que la escena
educativa está muy familiarizada desde hace años.
Muchos teóricos y funcionarios de la educación adhieren
a una moda tras otra, adoptando una postura, generalmente de aceptación
y conformismo, frente a la última revolución en
la materia, en lugar de reconocer las dificultades y defectos
propios al proceso de enseñanza-aprendizaje, es decir,
en vez de aceptar la existencia de un pluralismo según
el cual distintos enfoques funcionan bien en diferentes situaciones,
y ninguno sirve para todas.
Una de las secuelas de esta búsqueda de sueños utópicos
es que cuando el cambio no se produce, cuando las imperfecciones
de cada nuevo recurso se tornan evidentes, lo típico es
que acontezca un rechazo igualmente exagerado de la reforma, no
porque no sirva para nada, sino porque no llega a satisfacer las
amplificadas expectativas generadas. Como consecuencia de ello,
el cambio educativo pasa de un nuevo recurso al siguiente sin
aprender de las experiencias y sin poder integrar los logros parciales
de variados enfoques y variadas tecnologías en una orientación
que construya respuestas viables a distintos problemas a medida
que estos se presentan.
El enfoque del sueño utópico explota una cierta
ingenuidad de los educadores y del público que evalúa
la educación; induce a invertir dinero en la adquisición
de nuevos recursos técnicos ocultando el hecho de que se
crean con ello más problemas de los que se resuelven, de
que las posibilidades de las nuevas tecnologías aumentan
la necesidad de actuar con imaginación, con criterio de
selección, con una planificación cuidadosa, de manera
tal de poder superar sobre la marcha desafíos impensados.
Un segundo tipo de “tecnofilia” es el constituido
por aquellos que consideran las nuevas tecnologías como
una mera herramienta. Desestiman la postura del sueño utópico
aduciendo que pretenden demasiado de simples herramientas que
pueden ser utilizadas con buenos o malos fines. Las herramientas
no llevan consigo la garantía de su éxito o fracaso,
debido a que sólo dependen del operador que las maneje.
Estos dos enfoques conllevan a cometer una equivocación
de características opuestas. Así como el criterio
de sueño utópico deposita demasiadas expectativas
en la tecnología misma, el de la herramienta lo hace en
la capacidad del operador para actuar con previsión y prudencia
en lo tocante a su utilización.
Una postura totalmente contraria a las dos mencionadas, es la
que está compuesta por aquellos, -a los que Juana María
Sancho denomina “tecnófobos”- para quienes
la utilización de cualquier tecnología, representa
un peligro para los valores que ellos comparten. Este enfoque
no tiene en cuenta que rechazando la consideración de cualquier
variación en el trabajo docente está utilizando
mecánicamente un conocimiento tecnológico que aceptan
y reproducen sin reflexión, convirtiéndolo en una
técnica primitiva que no tiene en cuenta las variaciones
del contexto en el cual se aplican.
Del análisis de estos tres enfoques diferentes, puede surgir
una nueva versión, una postura más equilibrada,
en la que los usuarios de las nuevas tecnologías tengan
una posición más crítica y reflexiva, en
cuanto a las eventuales derivaciones de su aplicación,
y que puedan estar preparados para que los problemas y dificultades
que no estén previstos se vean atemperados por los beneficios
que brindan. Esta actitud conllevará en consecuencia, a
establecer una relación entre medios y fines, no como un
elemento fijo, sino como una modalidad sujeta a la crítica
y al cambio permanente.
El cambio no sólo es constante, sino que toma un ritmo
acelerado. Las áreas de innovación se realimentan
de sí mismas de una manera particular: La creciente capacidad
de las máquinas, los lenguajes de programación y
otros software apresuran el desarrollo de innovaciones aún
mayores. A medida que los sistemas operativos y programas de computación
se tornan más sencillos y más accesibles a un número
de usuarios cada vez mayor, aumentan los incentivos para imaginar
y crear nuevos productos, transformándose en un campo autorreflexivo
por la forma en que los nuevos avances posibilitan más
y más avances. Por este motivo muchas compañías
han dado a conocer los códigos de sus productos patentados,
de manera tal de crear un campo de trabajo colaborativo que se
retroalimenta con el aporte de una gran cantidad de usuarios.
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